SeDient@s de talento: “La historia de Hyo”

abril 8, 2014 a las 19:12 , por Ronny

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Esta historia nunca ocurrió, pero es común que suceda. Más común de lo que pudiera parecer. Nunca ocurrió porque en realidad Hyo es producto de mi imaginación, pero lo que cuento de ella es un compendio de historias similares. Se basa en una pequeña investigación sobre este tema en la que me empeñé por algunas semanas, y que me parece que puede resultarles interesante, aunque quizá desconcertante en varias partes, especialmente su final. Digo yo.

En fin, aquí la tienen.

CAPÍTULO PRIMERO:  LA OSCURIDAD Y LA LUZ

In Hyo-Nim nació en uno de los pueblos que salpican la zona rural de Corea del Norte, en el año 1988, cerca del rio Tumen, que traza una frontera natural con China. Es hija única. Como ocurre con relativa frecuencia zonas fronterizas, además del coreano desde niña aprendió a hablar mandarín con relativa fluidez, algo que en un momento crucial le salvaría su vida. Cuando alcanzó la edad escolar, ya formaba parte de su conciencia e identidad la reverencia hacia el Gran Líder, Kim Il-Sung, quien había mantenido a la patria libre de la nociva influencia del capitalismo y de los Estados Unidos y del materialismo occidental. Sabía que su país, el segundo más feliz del mundo (después de China), era el paraíso del proletariado, y estaba librando una batalla en solitario contra occidente y sus malditos designios. De hecho, todo lo que aprendió en sus años escolares fue la heroica vida del Gran Líder, y que su país tenía tres enemigos declarados: Estados Unidos, Japón y Corea del Sur.  De vez en cuando, ya desde tierna edad, por televisión, Hyo podía ver transmitidas ejecuciones públicas, y aunque no dejaban de impresionarla, en el fondo sabía que  era la manera justa de tratar a los delincuentes y enemigos del estado, y se en general estaba muy orgullosa de su patria. De hecho, una de las canciones escolares más populares que aprendió bien pronto tenía un título significativo: “Nada qué envidiar”.

Cuando el Gran Líder falleció, en 1994, Hyo recordaba que la gente de su pueblo lloraba. Ella lloró también, aunque a sus seis añitos no tenía muy claro por qué. Quizá se debía a que amaba a su líder, como debía ser, y como debía ser, al morir él, había que llorarlo. Y lloró, con lágrimas verdaderas, aunque confusas.

Pero poco a poco, mientras crecía, dentro de Hyo empezaba a fermentar la contradicción. Allá en su pueblo, especialmente a partir de los años noventa, la vida se volvió muy dura y mustia. Los métodos de cultivo eran primitivos,  casi todos los días había que resignarse a vivir los días con un pico de hambre. Incluso había temporadas en que el hambre era verdaderamente epidémica en su región  como una hambruna que se declaró a mediados de la década (conocida fue la llamada “Difícil Caminata”, que fue un periodo de tres años, del 94 al 96) y en la que más de un millón de compatriotas fallecieron, y pudieron sobrevivir aquellos que o bien estaban bien conectados con el Partido, o dispusieron para comer de pasto, insectos y corteza de árbol (incluso se dice que hubo canibalismo). Y no parecía que el Amado Líder Kim Jong Il, el heredero del Gran Líder, hiciera nada para remediarlo. Hasta su educación era limitada: apenas si asistía a clases algunos días. Empezaron a sucederse los cortes de luz, hasta volverse cotidianos: la gente se acostumbró a dormir apenas oscurecía.

El momento más emocionante de su juventud ocurrió en 2003, cuando su grupo escolar fue llevado en excursión a la capital, Pyongyang. Visitaron el gran monumento al Gran Líder, una colosal escultura de Kim Il-Sung, inclinándose ante ella, como es de obligación, para luego visitar los museos adyacentes, donde se ilustra la gloriosa lucha del pueblo coreano contra los japoneses y los estadounidenses, respectivamente.

Pero lo que realmente deslumbró a Hyo fue la luz. Luz irradiando por todos lados, en medio de la noche, tanto que no era posible contemplar las estrellas. Para trasladarse por la ciudad, su excursión utilizó el metro, un sistema de tren subterráneo reluciente y espectacular.

Volver a la realidad de su pueblo fue un choque del que no se recuperó nunca. Ella quería vivir en la capital, y no en aquel lugar donde la vida era dura, monótona y sin aspiraciones. Pero para poder vivir en Pyongyang se requiere de un permiso especial del partido, y son pocos los privilegiados que lo consiguen. De su pueblo, que se supiera, nadie había salido jamás. Hyo hizo varios tímidos intentos de insertarse entre los privilegiados, pero pronto desistió: era evidente que en Corea del Norte hay quienes están destinados a quedarse donde nacieron, y Hyo era una de ellos.

CAPÍTULO SEGUNDO: LA INCONFORMIDAD

Lo peor ocurrió en 2008, cuando se declaró una epidemia de gripe que resultó mortal para muchos niños de las regiones fronterizas con China.  Aunque Hyo ya tenía 20 años de edad, y la enfermedad no atacaba a los adultos, sí pudo ver cómo casi todos los niños de su pueblo amanecían un día con tos y fiebre, y a los pocos días había que enterrarlos. Además, había personas mayores que, a pesar de estar en la cuarentena o la cincuentena, tenían sus sistemas inmunológicos tan debilitados por la mala alimentación que se enfermaban, y en algunos casos la misteriosa gripe los mataba. Para desgracia de Hyo, sus padres estuvieron entre los desafortunados, y por eso ella se quedó sola. Y todo ocurría sin que hubiera atención médica por parte del estado. Desde hacía varios años que vivir en su pueblo era el equivalente, en cuanto a avances tecnológicos y sanitarios, a la Edad Media, aunque Hyo no sabía qué era eso, claro. Lo que Hyo sí que comprendía, ya a esas alturas, era que su país, ahora regentado por el Amado Líder Kim Jong-Il, era un lugar empobrecido, donde las zonas rurales vivían en una terrible sucesión de hambrunas, enfermedades y además se podía caer en desgracia ante el partido, y ser enviado a un gulag por el simple delito de olvidar inclinarse ante las imágenes de los dos Kim. Como si esto no bastara, por mucho que el estado procurara evitar esa “contaminación propagandística”, los amigos y amigas de Hyo comentaban por lo bajo sobre las maravillas de la otra Corea, donde todo el mundo tenía televisores, lavadoras, refrigeradoras, podía viajar, comer en abundancia, vestir bonito y ser mucho más feliz. Y también, desde la rivera del rio Tumen podían ver las luces deslumbrantes que iluminaban el lado chino, lo que les hacía preguntarse por qué esos pueblos, mucho más alejados de su capital que ellos de la coreana, sí tenían electricidad y en su caso eso no ocurría.

Pero en el río Tumen se podía contemplar, frecuentemente, un espectáculo aún más revelador: aparecían cuerpos de personas, de todas las edades, flotando o varados en sus orillas. Todos sabían de qué se trataba: eran desertores que habían intentado atravesar el río hacia China. Y no era que se hubieran ahogado, claro estaba. Habían sido atrapados in fraganti por los guardias fronterizos y les habían disparado en su huida.

Hyo se había quedado sola. Solo le quedaba la perspectiva de casarse, quizá con un anciano, y llenarse de hijos que, además, tendrían que nacer en ese lugar que poco a poco había aprendido a detestar. Recordó su visita a la capital y se imaginó a la otra capital, Seúl, como una versión diez, cien, mil veces mejorada de Pyongyang. Y decidió que quería irse.

La idea de desertar de Corea del Norte no es tan fácil de asimilar por los propios norcoreanos como se cree. Para empezar, sólo conocen el sistema dentro del que han vivido, y desde pequeños son tan bien aleccionados que ni siquiera lo consideran algo que pueda ser mejorado o superado.

Incluso aquellos que viven con temor o inconformidad tienen fuertes ataduras familiares que los desincentivan de manera radical. Recordemos que en la cultura coreana la famila es fundamental.

Pero Hyo ya no tenía familia alguna, y tampoco tenía un futuro agradable a la vista. Concretar su plan de huída no fue tan complicado como creyó. En Norcorea hay todo un movimiento clandestino que hace esfuerzos ingentes por darle oportunidad a quienes quieran para salir del país. El peligro inicial (de los muchos a enfrentar) es el primer contacto. Pero suele ocurrir que ese primer contacto llega a buscarte, pues ha recibido información de tu interés, por parte de amigos, de familiares, de fuentes que ya han desarrollado el instinto, el olfato y los medios para saber quién puede ser buen candidato a desertor. Desde luego, los servicios policiales del estado también disponen de medios similares, y por eso a menudo lo que queda es tomar el riesgo, si uno se atreve. Y esa es otra razón por la cual no todos se atreven.

Pero Hyo tuvo suerte. No sólo se atrevió a manifestar su intención a la persona que la contactó, sino que la misma resultó de fiar.  Le dio a Hyo instrucciones precisas sobre qué hacer y dónde estar, y apenas tres días después, se vio parte de un grupo de siete personas, que cruzaron la frontera con China, para iniciar su peligroso viaje hacia Corea del Sur.

CAPÍTULO TERCERO: LA HUÍDA

Los detalles exactos sobre cómo Hyo se evadió de Norcorea no son de dominio público. Las organizaciones clandestinas que se dedican a ayudar a los desertores siempre han mantenido una discreción absoluta al respecto, por razones obvias de seguridad.

Sí se puede decir que Hyo aprovechó que en varios puntos el río Tumen es angosto y poco profundo, y puede ser atravesado fácilmente. El único obstáculo y peligro es que las autoridades fronterizas, tanto de Corea del Norte como de China, conocen esos puntos. Pero como la economía norcoreana siempre está al filo del descalabro, el aparato represivo simplemente no dispone de suficientes efectivos para vigilar constantemente todo el río, que especialmente en noches de luna nueva es tan oscuro que difícilmente puede verse algo como no sea que esté uno justo a la par, y por otro lado para ellos es preferible concentrar sus esfuerzos en mantener bien cerrada la frontera con Corea del Sur.  Y las autoridades Chinas, si bien están en contra la inmigración ilegal desde Corea del Norte, prefieren concentrar sus esfuerzos en capturar a los desertores en los diversos puntos de su país donde los mismos se concentran.

Un dato poco conocido es que la etnia coreana no se circunscribe a la península coreana. Más de dos millones de coreanos “extra península” son ciudadanos chinos por nacimiento, siendo una de las minorías más grandes del gigante oriental. Y en su gran mayoría, se concentran en la prefectura autónoma de Yanbián, donde incluso es obligatorio que los letreros aparezcan en mandarín y coreano. Y especialmente su capital, Yanji, es conocida por ser la ciudad más coreana, fuera de Corea, en todo el mundo.

Durante varios meses, Hyo se encontró viviendo en Yanji como inmigrante ilegal, a la espera de la siguiente etapa de su viaje hacia Corea del Sur. No todos los norcoreanos que  se fugan tienen esa meta. Muchos parten con la idea de vivir en China, cuyo crecimiento económico la convierte en un nuevo Nirvana. Algunos son afortunados que tienen familia en el lado chino, y que han sido llevados en forma legal a su nuevo hogar, donde con el tiempo incluso adquieren estatus de residencia oficial, y eventualmente la ciudadanía. Otros, la mayoría, se arriesgan a vivir como ilegales durante años, construyendo una nueva vida con documentos falsos.

Ser norcoreano ilegal en China es asunto peligroso, máxime si se es joven y soltera, como Hyo. Constantemente las autoridades de migración están haciendo redadas. En las mismas, a los detenidos se les interroga (no se les tortura, por lo que se sabe) para determinar su estatus migratorio. En una ocasión terrorífica, Hyo fue capturada en una de esas redadas. Las siete horas que pasó detenida en una celda con otros quince presos fueron las más angustiosas de su vida. Cuando por fin la llevaron a interrogar, se sorprendió de que no inquirieran sobre su pasado, sino que simplemente le hicieran varias preguntas sobre sus actividades diarias en Yanji. Dominando sus nervios, pudo responder a todo sin problemas. Al fin y al cabo, no hace falta mentir ni fingir para contar lo que uno hace día a día. En menos de media hora la dejaron en libertad, excusándose por haberla detenido. Ella tuvo que dominarse para no dar saltos eufóricos cuando la liberaron, pero no pudo evitar sentirse confundida. No fue sino mucho después que le explicaron lo que había ocurrido: dada la cantidad de ilegales, los oficiales chinos discurrieron un método simple para separar el polvo de la paja, por decirlo así. Simplemente se fijaban en su dominio del mandarín, y en su acento. Por mucho que una persona aprenda el mandarín hasta llegar dominarlo, lo cierto es que hay sonidos que sólo alguien que lo hable desde muy temprano en su vida podrá emitir sin acentos extraños. Y además, el mandarín de la prefectura de Yanbián tiene su particular acento, derivado de la mezcla de fonemas con el coreano, y que sólo puede ser emitido por los nativos. Hyo, para quien el mandarín había sido prácticamente un idioma materno, no tuvo problema alguno en asimilar ese acento en pocas semanas de manera natural, y por eso pasó la prueba sin dificultad.

Pero la experiencia le hizo ver que ya no podía dilatar más su estancia en China.  Si bien luego de ser interrogada podía pensar en quedarse por más tiempo, puesto que en cierto modo había sido sacada de la lista negra, siempre existía el riesgo de que alguien la denunciara (cada delación se paga al equivalente de unos 400 Euros), en cuyo caso no habría acento alguno que la salvara del destino de los inmigrantes ilegales que eran identificados como tales: se les devuelve a Corea del Norte, donde sí son torturados y enviados a alguno de los gulags que se sabe que existen allí, para ser “re educados” (al más puro estilo maoísta), o si son reincidentes (que los hay) simplemente se les destina a algo que era parte de los recuerdos de Hyo: son ejecutados públicamente.

Además, suele ocurrir que a mujeres coreanas se les atrae con la promesa de contraer matrimonio con un chino para luego ser obligadas a prostituirse o ser compradas, a modo de esclavas-esposas de hombre chinos, por unos 60 Euros, y siempre se encuentran candidatas: con el nivel de desinformación y escasa educación sobre el mundo que padecen, las chicas jóvenes norcoreanas son fácil presa de los traficantes. Y nada impide que una mujer joven, ya radicada en China, sea secuestrada para los mismos efectos. Hyo tuvo la suerte de que su primer contacto, allá en su pueblo, no fuera un traficante, pero su buena suerte podía terminar en cualquier momento, y ya no convenía tentarla más.

Hyo había pasado todos esos meses ahorrando para tener suficiente dinero para pagar pasajes y sobornos en el camino. Hubiera querido disponer de más, pero no quería ni debía esperar.

Los que no tienen recursos y facilidad con el idioma suelen ir en grupos grandes, a cargo de organizaciones clandestinas, y suelen utilizar la ruta de Mongolia hasta llegar a Rusia, luego Japón y finalmente Corea del Sur, un trayecto que puede durar varios meses y con peligro, casi paso a paso, de ser descubierto y detenido.

Hyo, quien tenía sus ahorros y hablaba perfectamente el mandarín, calculó que tenía mayores posibilidades de éxito si optaba por la vía del sur, así que un buen día, con documento de identidad falso, tomó un autobús hacia Shenyang, de allí a Beijing, y finalmente a Kuming en tren, cerca de la frontera con Laos. No tuvo problemas, a pesar de que en todo el viaje estuvo literalmente aterrorizada, pues le revisaron la documentación varias veces. Allí se mantuvo durante una semana, hasta que un nuevo contacto la llevó en un automóvil a la frontera de China con Laos, donde pudo pasar previo pago de un cuantioso soborno.

Hyo tuvo que atravesar prácticamente a pie el territorio de Laos, evitando las patrullas del ejército laosiano, en horarios nocturnos —una ruta de cuatro días—, hasta llegar al río Mekong, donde se montó una lancha (previo pago, claro) que viajó a toda velocidad hasta territorio de Tailandia.

Una vez en territorio Tailandés, la policía migratoria la detuvo y la envió al  centro de retención en Ban, lo cual no le pareció tan malo después de todo lo que había pasado, pues sabía que de allí su único destino sería Corea del Sur, puesto que Tailandia es el único país del sureste asiático que por ley deporta a los refugiados norcoreanos a Seúl.

Con lo que no contaba era con que el centro de detención tiene condiciones deplorables, cercanas a la peor de las cárceles (lo cual en realidad es), y con que los trámites de extradición suelen prolongarse por meses, debido a que para Corea del Sur es un tema muy sensible: se calcula que en total, en la actualidad hay unos 25 mil norcoreanos viviendo allí. Y cada uno que llega, significa un problema político.

Hyo perdió mucho peso, se enfermó y cayó en depresión mientras estuvo en el centro de retención. Pero por fin, luego de cuatro meses, le anunciaron que sería deportada a Corea del Sur. Parecía que su ordalía iba a terminar.

 

EPÍLOGO:

Y, efectivamente, el largo viaje de In Hyo-nim llegó a su fin. Nada más pisar suelo surcoreano, fue destinada a un centro de aprendizaje, el centro Hanawon, durante varias semanas, en el cual se le instruyó intensivamente sobre la vida que le esperaba. Allí aprendió cosas que para un surcoreano son totalmente naturales, pero para un norcoreano son como caer de repente en otro planeta, como subir y bajar escaleras mecánicas, ir de compras, usar tarjetas de crédito, cajeros automáticos y electrodomésticos como el horno y la lavadora e, incluso, la taza del inodoro. Allí tomó contacto también con el hecho sorprendente de que Corea del Norte no era el segundo país más feliz del mundo. Le costó comprender que en adelante iba a tener que valerse por sí misma, pues aunque fuera más en lo ideológico que en lo práctico, en Corea del Norte el Estado es el proveedor de todo, y la sociedad, al menos en teoría, es igualitaria. Por eso, a los norcoreanos no les entra en la cabeza que por vivir en Corea del Sur no tengan automáticamente un empleo, una casa y un flamante automóvil. Esto genera en ellos, una vez que salen del adiestramiento, una tremenda desazón, la cual es incrementada puesto que en un momento del mismo se les lleva a visitar Seúl (en grupo, no vaya a ser que alguno se pierda), cuya desmesura en tecnología y consumismo los deja literalmente pasmados, al grado de perder el sueño varias noches.

Como a todos los refugiados, finalizada su etapa en Hanawon, a Hyo el  estado le asignó un pequeño apartamento y un modesto estipendio para que pudiera iniciar su vida en Corea del Sur. Pero bien pronto Hyo se dio cuenta de que algo no calzaba. En ella, y en su nuevo país.

Para empezar, el estipendio mensual no era suficiente como para que ella adquiriera esos artículos de consumo que hacen al capitalismo tan atrayente. Por ejemplo, no disponía de una nevera, y dado el ritmo de inflación en Corea del Sur, tal posibilidad era cada día más remota. Puesto que no tenía ninguna preparación técnica o académica que le permitiera aspirar a un puesto laboral, su única salida era ingresar a un instituto técnico y estudiar algo que le ayudara a salir adelante. A pesar de que se inscribió en uno e hizo su esfuerzo, lo cierto es que empezó a sentirse cada día más aislada en un país que, aunque la había acogido como refugiada, nunca la recibió como hermana. Y no era solo su imaginación. Sus vecinos le hacían sentir claramente su condición de inmigrante, y aunque como en todo lugar había gentes muy amables, era bastante perceptible que su condición de norcoreana la convertía en objeto de menosprecio, en ocasiones hasta de burla, cuando no de abierta hostilidad. Lo cierto es que al hacer las cuentas sobre su adaptación a esa sociedad los números estaban en un rotundo rojo: Corea del Sur le resultaba, a sus ojos, demasiado superficial, obsesionada con la estética (Hyo en Corea del Norte era consideraba bella, y en realidad lo era, pero en Corea del Sur resultó ser muy bajita, esmirriada si se quiere ­­­­—siete décadas después de la división, los norcoreanos tienen en promedio once centímetros y diez kilogramos menos que sus hermanos del sur—, y con una piel lastimada y envejecida, pecado mortal), maniática del esnobismo y consumismo, como quien dice, el capitalismo en su vena menos agradable.

Con toda honestidad, Hyo trató de asimilar el nuevo mundo que había escogido, pero quizá por su personalidad, quizá porque efectivamente nunca fue del todo bien recibida, y quizá también porque su mente había desarrollado esquemas mentales que le dificultaban de manera inconmensurable encontrarle sentido a lo que estaba viviendo, creció en ella un sentimiento de soledad que nunca encontró alivio, ni siquiera cuando recurrió a servicios sociales o a comunidades cristianas que procuran ayudar en esos casos. Ella era una alienígena, abandonada en un rincón remoto y donde nunca se sentía totalmente a gusto. Ya no era norcoreana, de hecho detestaba al país donde había nacido… pero tampoco era —ni le permitían— ser surcoreana. ¿Quién y qué era  entonces?

Esa crisis de identidad se volvió tan acentuada que Hyo no pudo más. Una noche de angustia dio fin a su propia vida. Como signo de su soledad, su cuerpo no fue encontrado sino once días después, y luego de las correspondientes indagaciones forenses (que además aclararon que ella no tenía familiares), y dado su estado de descomposición (que no permitía siquiera su aprovechamiento en las facultades de medicina, para fines académicos), los restos de In Hyo-nim fueron incinerados, para salvaguardar la sanidad pública.

Y eso fue todo.


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  • Evanna Lao

    Pospuse mucho tiempo el leer esta entrada, y me arrepiento 🙁
    Un relato basado en nadie en particular, pero que a la vez refleja parte de la historia que algunos norcoreanos pudieron haber vivido.
    Me parece que dedicaste mucho tiempo a la investigación del tema, y que hayas incorporado esa información en forma de relato es muy entretenido, y facil de seguir.
    Tengo claro que solo es un relato, pero, describir las circunstancias en las que vivio norcorea durante sus primeros años, el asunto del país mas feliz, el amor hacia su líder, la inconformidad social, lo difícil que es salir del país, el problema de trata de personas, la situación de Corea del Sur al recibir a las personas deportadas, la discriminación del extranjero, (aun compartiendo el mismo idioma y raíces culturales), y el suicidio tema “común” en Corea del Sur, todo eso es real.

    Y demuestra que Corea no es perfecta, que hay que aprender a conocer más allá de lo que muestra, y aceptar, quizás no entender del todo, sus puntos de vista.

    Gracias Ronny por el muy buen relato ^^

  • Rocio Catalan

    La realidad de muchos norcoreanos, supongo u.u …bueno, esto de la inmigracion se da en todas partes, yo soy de Chile, aca llegan muchos peruanos y colombianos a trabajar ya que al parecer el sueldo es mejor aca y les alcanza para vivir y para mandarles a sus familias… y aunque la gente no lo reconozca, a veces son crueles y los extranjeros sufren mucha discriminacion, sobre todo los peruanos por temas que hay a nivel de paises, pero yo creo que eso es un tema de politicos, me gustaria que hubiera mas respeto por esas personas que llegan a buscar mejores oportunidades, a veces deben sentirse solitarios y lo mas del tiempo pasados a llevar u.u lo siento, por otro lado tambien hay hartos chinos y coreanos, pero con ellos es distinto, sera por el color de piel?? no se, pero ellos viven su mundo…es como un circulo cerrado, a mi me da la impresion de que no quieren mesclarse con occidentales a pesar de vivir en nuestro pais, sera por que quieren conservar su cultura?? no lo se, pero yo veo eso… que solo andan entre ellos >.< , no falta la gente ignorante que los trata a todos de chinos, pero aun asi no siento que haya discriminacion con ellos como si la hay con los peruanos.
    Yo por mi parte tambien me fui del lugar donde creci y me crie (pero dentro del mismo pais) mi pueblo de origen es chiquitito y al igual de Hyo cuando vi lo grande que era la capital y todo lo que tenia, siendo una niña me puse como meta llegar aca, creo que lo logre..estudio aca, pero a diferencia de ella yo si me acostumbre, siento que esto es lo que buscaba y he conocido mucha gente :3 supongo que el ser del mismo pais es un plus (?), pero me pasa que ahora cuando voy a ver a mis papas en vacaciones, no siento lo que era mio como mio…todo cambia y ya no es lo mismo, por otro lado aca arriendo y me he mudado muchas veces por lo que tampoco siento que tuviera algo propio, supongo que el dia que trabaje y tenga mi casa por fin tendré la sensacion de que algo me pertenece.
    Me gusto mucho el relato !! 🙂

  • melihema ;)

    Muy buen relato… Me encantan este tipo de historias porque abren tu mente… la verdad es que la problematica coreana es muy ambigua, hay que ver las dos caras de la moneda…

  • Namja

    Muy muy buen artículo, Ronny.

  • Ella

    Entre mas leia mas ganas me daban de llorar, por que aunque uno lo vea como una ficcion esta es la triste realidad a la que se tienen que enfrentar miles de norcoreanos. Mexico es un pais que tiene un monton de problemas, pero aun asi doy gracias por haber nacido en el, ya que por lo menos aqui hay libertad.
    Gracias Ronny por otro interesante tema que te hace reflexionar sobre tantas cosas.

  • ibeth

    creo que eso pasa en todas partes cuando leía el libro 12 cuentos peregrinos de Gabriel Garcia Marquez hablaba de como los latinoamericanos no se acostumbran a los modos de vida europeos, y es que se da en todas partes al ir al otro lugar ya no es tu país y al volver al tuyo tampoco lo sientes como antes, creo que es un problema de adaptación y de entender de que tu eres tu en cualquier parte del mundo, pero resulta que eso es lo mas difícil descubrir quienes somos.
    muchas gracias por compartirlo invita a la reflexión

  • pilar paola

    me gusto mucho la historia ronny , pero mas alla de ficción o no es una realidad que ata a todo inmigrante adaptarse a un nuevo lugar , costumbres ..ideas totalmente ajenos a ti .. GRACIAS POR COMPARTILA 🙂

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