Wonder Girls: Su reino por tu corazón
septiembre 6, 2012 a las 22:00 , por Ronny
Nos cuenta la historia dramatizada por el gran Shakespeare que el rey inglés Ricardo III, en la mañana del 22 de agosto de 1485, se despertó ansioso ante lo que pensaba iba a ser su batalla más importante, la que le iba a consolidar en el poder, en los campos de Bosworth, contra su rival por el trono, Enrique Tudor.
Con la prepotencia de quien siempre ha visto satisfechos sus caprichos, preguntó por su caballo con urgencia. El animal debía ser herrado para que no trastabillase en el incierto suelo donde iba a realizarse la batalla, y no se había hecho esa tarea la noche anterior pensando que el combate comenzaría a media mañana, por lo que había sido conveniente esperar a que amaneciera y realizar el trabajo a la luz del día.
Pero resultó que las fuerzas de Tudor empezaron a avanzar apenas al clarear el día, y de allí la insistencia del rey Ricardo. El herrero, para evitar el castigo real, hizo lo mejor que pudo, pero no le dio tiempo a clavar el último clavo de la última herradura colocada.
En medio de la batalla, hubo un momento en que el empuje del ejército de Enrique hizo retroceder a los soldados de Ricardo, por lo que éste espoleó a su caballo y se fue al frente, cual kamikaze anglosajón, con el fin de infundirles valor. Pero justo cuando estaba en medio de ambos ejércitos, en campo descubierto, la herradura mal fijada se soltó y el caballo resbaló cayendo al suelo junto con su regio jinete. Asustado, el caballo se levantó y huyó, dejando a Ricardo III, rey de Inglaterra, a pie, solo, y a la merced de sus enemigos. Desesperado, gritó “un caballo, ¡mi reino por un caballo!”, pero su petición fue ignorada por sus soldados, que al ver lo ocurrido hicieron una retirada despavorida. Fue así como Ricardo III, último de la casa Plantagenet, fue atrapado por sus adversarios y muerto en combate, suplicando por un caballo a cambio de su reino a sus 32 años, y dio paso a la dinastía Tudor como regentes de Inglaterra.
Este relato isabelino es tomado como ejemplo de tres cosas: primero, que puedes ser el rey, pero nada impide que termines valorando más a un caballo que a todo tu reino; segundo, que de nada te vale pedir un caballo a cambio de un reino que ya perdiste porque te colocaste a ti mismo en una posición en la cual todo el mundo abandonó; y tercero, que si vas a lanzarte a aventuras heroicas, mejor que te asegures de que tu caballo tenga las herraduras bien puestas.
Les cuento todo eso porque hay un tema que pueda no sea el más importante del Kpop actual, pero sí lanza recurrentes llamaradas a ver a quién quema, cual ciego dragón que se resiste a morir. Y es el tema del, llamémoslo así, reinado perdido de las Wonder Girls.
No vamos a ahondar en la historia. Para ello han aparecido otras entradas en Si es Destino, que se refieren a cómo el lapso de dos años en que las Wonder Girls desaparecieron del panorama coreano trajeron como consecuencia que el trono de reinas indiscutidas del Kpop les fuera arrebatado, no sin merecimientos, por las chicas de SNSD.
Yo he leído opiniones en diversos blogs o incluso artículos más elaborados, donde, para ponerlo en resumen, la opinión imperante es que, a pesar de haber regresado con relativo éxito en noviembre del 2011, las Chicas Maravilla, si pretendían reclamar de nuevo el trono, se quedaron muy cortas. He debido leer no sin cierto grado de coraje (en tanto que soy un Wonderful confeso) cosas como que resulta triste ver cómo las antiguas reinas dejaron escapar la corona y ya no tienen ni el empuje ni la posibilidad de ser otra cosa que segundonas, ante el brillo deslumbrante e insuperable de las simpáticas, talentosas y tremendamente ubicuas soshis.
Hay mucho de verdad en todo eso. Nadie puede negar que actualmente el grupo regente del Kpop es SNSD. Y no fue sólo que aprovecharon el vacío para usurpar el trono, como si fueran precaristas. Cualquiera que tenga la apertura de mente y corazón para ver a esas nueve chicas tal y como ellas son, no puede menos que terminar fascinado con ellas. Es más, wonderful y todo, estoy dispuesto a decir algo que puede sonar a traición, pero que para mí es un análisis objetivo de lo que hubiera ocurrido aún si las Wonder Girls hubieran permanecido en Corea: eventualmente, igual las soshis se habrían hecho con el trono. En términos de “producto” destinado al mercado Coreano y asiático, SNSD definitivamente está mejor diseñado que WG, por decirlo de algún modo. Y no lo digo, para nada, peyorativamente. A mí me parece mágico que una disquera haya sido capaz de conjuntar a nueve chicas, y que todas y cada una tengan lo que en la industria se suele llamar “factor X”.
En contraposición, no se puede negar que mis queridas Wonder Girls resultan opacas. Su brillo es de otro tipo, más sosegado, más profundo, pero por eso mismo, no tan fácil de percibir. Y ellas son las más conscientes de eso. Nunca han tenido empacho alguno en aceptar que sus habilidades para los programas de variedades son limitadas, e incluso han dicho, con toda humildad, que quisieran aprender eso de sus amigas y rivales las soshis.
Es por eso, me parece, que muchos de quienes no son wonderfuls tienden a mirar a las WG algo así como “las reinas caídas del Kpop”, las que por una decisión estúpida (irse para los Estados Unidos tanto tiempo) lo perdieron todo y ahora no encuentran forma de volver al lugar que abandonaron. Es como si, en la batalla por el trono del Kpop, se hubieran adentrado demasiado en tierra de nadie, y ahora están en la situación de gritar patéticamente “mi reino por un caballo”.
Y es aquí donde quiero exponer mi punto, motivo de esta entrada, y que creo que es comprendido (o debería) por los wonderfuls del mundo: me parece que quienes ven a las Wonder Girls como “reinas caídas del Kpop” simplemente no entienden cómo es la cosa en realidad.
Vamos por partes:
Para el observador crítico y hasta malicioso del recorrido del grupo, resulta bastante curioso que ellas hayan aceptado tan de buena gana la propuesta de JYP para irse a los Estados Unidos justo cuando eran lo NO VA MÁS del Kpop. En su momento, todo el mundo pensó que la decisión había sido únicamente por una percepción equivocada de lo que iba a ocurrir: que en cuestión de unos pocos meses, iban a conquistar el mercado norteamericano y convertirse en figuras mundiales. Cuando eso no ocurrió, y además la estancia en Nueva York se fue prolongando en el tiempo, todo indicaba que las WG habían cometido una pifia monumental.
No se puede negar que algo de eso hubo. El único marco de referencia que tenían era el mercado coreano y asiático, y no fue sino estando en USA que se dieron cuenta de que la lucha iba a ser ardua. Pero al menos a mí se me hace evidente que en ese “dejarlo todo y salir pitando” había un trasfondo mayor: las chicas, simplemente, estaban cansadas de ser las reinas. De todos modos, el grupo desde sus inicios tenía entre sus metas ser la punta de lanza del Kpop en USA, y cuando surgió la oferta de los Jonas Brothers para convertirse en sus teloneras en la gira de 2009 (que fue el argumento inicial que las hizo emigrar), imagino que inclinó mucho la balanza el que, para mantenerse en el trono allá en Corea, debían continuar con agendas apretadas, durmiendo tres horas al día cuando mucho, y sobre todo debiendo participar en cuanto programa las invitaran, siendo que ese tipo de actividades les resultaban incómodas, dadas sus personalidades.
Guardando distancias, es algo similar a lo que ocurrió con los Beatles: se cansaron de hacer giras y conciertos donde nadie los escuchaba por la gritería, y se retiraron en 1966 al estudio de grabación… para salir en 1967 con la maravilla del Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios.
Yo sospecho que la estadía en Estados Unidos se prolongó no sólo por el proceso del nuevo disco, sino porque ellas lo tomaron como un bi-año sabático, donde pudieron evadirse de esa presión y además, como beneficio adicional, empaparse de otro mundo, muy distinto a aquel en que se habían criado. Y no lo digo sin fundamentos: ellas mismas lo han dicho repetidas veces.
No fue sino cuando por fin se sintieron recargadas y preparadas para volver, que efectivamente lo hicieron. Muchos (yo me incluyo) pensaron: “vienen a recuperar el trono”. No era cierto. Ellas no venían a recuperar nada, y menos ese mote de “reinas del Kpop” que (ahora no me cuesta imaginármelo) les debe dar hasta repelús.
Ellas lo que querían era volver a insertarse en la ola Hallyu que tanto contribuyeron a construir, pero ya no con el afán de competir con o contra nadie, sino porque al fin y al cabo uno es de donde es, y la tierra y la sangre siempre llaman. Y además, eso sí, querían mostrarles a los fans y a los colegas cuánto habían crecido. Es bastante evidente que ellas mismas no se consideran ya simplemente “idols”: se consideran (y con razón) artistas, en el sentido más puro del término. Humildes y talentosas artesanas de la música, que solamente quieren compartirla con nosotros.
Y lo hacen sin prepotencias, sin malos modos, mostrando esa humildad, autenticidad y humanidad que siempre ha sido su sello. Sin reserva alguna una nos cuenta que tiene novio (Sun), otra que también lo tenía pero la “cortaron” (Yenny), que una hizo llorar a otra en una pelea (Yenny a Yubin), que a otra se le hinchan las mejillas descomunalmente al despertar (adivinen quién… Sohee). Cosas pequeñas, casi baladíes, pero que sin embargo no es común escuchar entre los ídolos kapoperos.
Y lo mejor es que tampoco se puede decir que lo perdieron todo, como se ha afirmado en esos blogs… esa es una afirmación un tanto exagerada. En la misma Corea, las Wonder Girls siguen teniendo un gran poder de convocatoria (no en balde, a pesar de los pesares, se les sigue identificando como las rivales de SNSD, vayan ustedes a elucubrar por qué), y conservan intacta una base de fans que les es fiel de una manera que pocos grupos en el Kpop pueden alardear, sumado a ello otro tanto de fans de los otros grupos que tienen por segunda girlband preferida a Wonder Girls. Fue realmente enternecedor y estremecedor ver cómo, en el concierto Wonder World Tour de Seúl, realizado el 7 de julio de este año en el Jamsil Indoor Gymnasium (abarrotado, por cierto), ya casi para finalizar el público asistente interrumpió la mítica “Nobody” que ejecutaban en ese momento las chicas para cantarles, como regalo sorpresa sorpresa, “Whising on a Star”, una canción muy significativa para todos los wonderfuls. El llanto de las cuatro chicas sobre el escenario (Sohee se hizo la fuerte, y que se sepa nunca ha llorado en público) fue muy significativo.
Pero, además, es un hecho comprobable que la huella de las Wonder Girls por el mundo es amplia, quizá más que cualquier otro grupo del Kpop (me parece que Super Junior podría perfectamente disputar ese título, si es que no lo tiene efectivamente). Son el referente de referentes. En cuanta revista, programa, blog o página se hable de la onda Hallyu, puede que se cometa el desaguisado de no nombrar a pilares indiscutibles como a 2NE1, a SNSD, a los Sujus o a Big Bang, pero pocas veces se deja de mencionar a las Wonder Girls. Ellas no han dejado de lado la meta inicial de conquistar su lugar en la historia de la música, por la vía de conquistar el mercado estadounidense. Y se han hecho notar. Ya no son un grupo tan “underground”, una especie de placer culpable compartido por unos pocos. Perez Hilton las tiene entre sus artistas favoritos, Will Smith dice que son aliens, e informa que su hija es una wonderful tan irredenta como cualquiera, y pronto empezarán a filmar su propia serie para el canal Teen Nick. Su impacto en la red es notable, y para muestra un experimento interesante que cualquiera puede repetir: si usted escribe la clave “Wonder Girls” en el buscador Google, y lo filtra para que despliegue las páginas ingresadas en la última hora, encontrará que superan las dos mil quinientas o más (si se pregunta cómo le va a las SNSD, usualmente andan por las dos mil trescientas, y 2NE1 por las mil quinientas). DJ famosos hacen remix de sus canciones, asisten a programas radiofónicos y diversas actividades en Estados Unidos, y todo sin perder un ápice de su don de gentes.
Pero, en resumidas cuentas, si uno hila fino (o no tan fino, en realidad), la impresión que va quedando es que a las Chicas Maravilla tampoco les importa tanto si consiguen conquistar el mercado gringo. Desde luego que no abandonarán esa idea, que es una meta que se han propuesto desde sus inicios, y como buenas luchadoras bregarán hasta conseguirlo o hasta que la cuerda ya no dé para más. Pero, al menos desde mi perspectiva, se les nota a las leguas que en realidad, más que procurar sentirse admiradas o incluso idolatradas, ellas lo que quieren es que las quieran. Así se simple. Yenny despliega su temperamento llano y abierto, y nos regala sus canciones… y la amamos. Escuchamos la voz de Sunye al hablar con una sabiduría ancestral, o cantar como ángel, y vemos sus actitudes siempre tan cálidas y desinteresadas… y la amamos. Vemos a Yubin desplegar feromonas al grado de enardecer incluso a muchas mujeres, y al mismo tiempo comportarse como una niñita tan tierna que nos derrite… y la amamos. Contemplamos fascinados a Sohee, tan linda, tan chic, pero también tan humilde, tan tímida a la vez que tan ocurrente y chistosa… y la amamos. Sentimos la ternura y simpatía irresistibles de Lim, quien además cada día se hace más bella… y la amamos.
Pensándolo bien, sí, las Wonder Girls deberían emular al Ricardo III de Shakespeare, pero diciendo: “Mi reino por tu corazón”. Porque eso es lo que quizá lo que muchos no han querido comprender: ellas no quieren reinar. Quieren amar y ser amadas.
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